Este país ha sido víctima del "España va bien" que tanto se empeñaba en repetir un politicastro de tres al cuarto que no merece la pena recordar, salvo por los crasos errores de su foto en las Azores y su defensa a ultranza del consumo de vino cuándo y cómo a uno le apetezca.
Politicastros como todos los que hoy se pavonean frete a los objetivos de los medios, que dicen ser especializados, como si de estrellas de cine paseando por una alfombra roja se tratasen. Y es que, no son otra cosa más que meros títeres en una grotesca función de la España quijotesca. Todos hablan, pero ninguno tiene la más mínima idea de qué es lo que hacer. Al igual que ese primo, cuñado o tío que entre copa y copa de la barra de un bar o en una reunión social escupe bravatas sin sentido con el único propósito de tener sus quince minutos de gloria.
Pero ese tipo de "elementos" los podemos encontrar también en las grandes corporaciones. "Tonto el último" y "cada palo que aguante su vela" forman parte de las máximas más habituales en éste y otros ámbitos.
Sin embargo, un día ocurrió que uno de estos mequetrefes llegó a lo más alto en el punto álgido de una época de bonanza económica. Y como bue socialista que es, pensó que lo más correcto era repartir ese "beneficio" con los honrados contribuyentes. Y ahí están, las arcas del estado con una supuesta solvencia que genera una deuda que nuestros nietos van a continuar pagando cuando nadie hable ya de nosotros.
Que nadie sabía lo que iba a pasar, es algo más que evidente. Sin embargo, eso no exime a los responsables electos de poner las medidas adecuadas para que la economía no llegue al colapso, camino del cual se iba mientras las evidencias eran negadas. Sobre todo, teniendo en cuenta que el sistema económico en el que se basa todo este tinglado denominado capitalismo, tiene sus ciclos con altibajos continuos.
Como se suele decir, se compró el carro antes que los bueyes y cuando quisimos deshacernos de éste, simplemente ya nadie lo quería. Porque nadie lo necesitaba. Todo el mundo estaba más preocupado en tener un trozo de pan que llevarse a la boca.
España, país de Quijotes. Por eso siempre llegamos tarde.
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